Un compañero, de modales impecables, dicho sea de paso, me planteó una duda que, aunque sencilla en apariencia, abre todo un mundo de debate: ¿Cuál es la actitud correcta del hombre al subir o bajar escaleras cuando va acompañado de una mujer?
La pregunta no carecía de lógica. Me razonaba que, así como se considera un gesto de cortesía ceder el paso a una dama, lo coherente sería dejarla subir primero. Sin embargo, él mismo había leído que no siempre es así. Y ciertamente, confirmé su sospecha: en escaleras, el protocolo tiene sus propias reglas. Tradicionalmente, el hombre precede al subir y sigue al bajar.
Pero, ¿por qué esta diferencia? ¿De dónde proviene? Me propuse indagar un poco más, buceando en las fuentes clásicas del protocolo y la urbanidad, esos manuales que tanto han enseñado y tan poco se consultan hoy en día.
Las fuentes de la cortesía
Francisco López-Nieto, considerado una autoridad en cuestiones protocolarias, lo deja claro:
«Cuando una escalera, por su estrechez, no permita el acceso simultáneo de dos personas de distinto sexo, un hombre nunca subirá detrás de una mujer ni bajará delante».
Esta afirmación, tan tajante, contrasta con lo que expone el maestro de la urbanidad Manuel Antonio Carreño en su célebre manual de 1853. Allí afirma:
«Un caballero deberá siempre ceder el paso a una señora; y al subir o bajar una escalera, tendrá por regla invariable, si no le es posible ofrecerle el brazo, antecederla siempre al acto de subir, y seguirla al acto de bajar».
Carreño introduce una matización práctica: si no se puede ofrecer el brazo, entonces sí, el hombre precede al subir y sigue al bajar. El motivo es claro: la seguridad. ¿Funcionalidad o galantería? Tal vez ambas.
Una cortesía con historia
Esta norma no es fruto de una moda pasajera. Se remonta, al menos, hasta el siglo XVIII. En 1716, San Juan Bautista de la Salle publicó su tratado Reglas de cortesía y urbanidad cristiana, una obra fundamental en la educación de generaciones. Aunque no se refiere explícitamente a las escaleras, sí justifica que uno de menor rango, como un joven o un sirviente, pueda preceder en ciertos contextos peligrosos para «mostrar el camino» o «reconocer el terreno», sin que eso infrinja la urbanidad.
Lo importante aquí es la idea: la cortesía no es solo ceder, sino proteger, anticiparse, facilitar. Como también escribe de la Salle:
«Si el lugar es difícil o peligroso, uno de los menos calificados puede caminar por delante, para mostrar el camino… sin incurrir por ello en nada contrario a las reglas de urbanidad».
Más adelante, autores como Bruño (1854–1910), en su Manual de urbanidad, recogen esta misma visión práctica:
«En un camino angosto, se cede el paso a la persona más calificada; pero si el camino es incómodo o peligroso, el joven bien educado pasa delante, para ayudar a franquearlo».
Y en la actualidad, ¿qué hacemos?
En internet abundan teorías de lo más pintorescas. Hay quien afirma que la norma tradicional de que el hombre suba primero se justificaba para que no viera los tobillos de la dama. Otros, con igual audacia, explican que el hombre debe ir detrás «por si ella cae y hay que detenerla». En realidad, ambas ideas, si bien simpáticas, carecen de respaldo histórico sólido y a menudo se presentan sin fuentes fiables.
También hay sitios que directamente afirman que, en el protocolo social moderno, lo correcto es que la mujer suba primero, sin excepción. Pero esta visión, por muy contemporánea que suene, olvida el verdadero espíritu de la cortesía: adecuarse al contexto con buen juicio, sensibilidad y respeto.
Romanticismo o sentido común
Puede que muchos consideren anticuadas estas normas, y es cierto que los códigos cambian con el tiempo. Pero hay algo que no cambia: el deseo de cuidar, de anticiparse, de facilitar el camino al otro. Personalmente, me sigue pareciendo un gesto noble que el hombre suba primero una escalera, no por autoridad ni galantería hueca, sino por la vieja idea de proteger, de abrir paso, de quitar peligro.
Así que, entre teorías modernas sin bibliografía y la solidez de nuestros padres de la urbanidad, me quedo con estos últimos. En este asunto, al menos, que hablen los clásicos.
Porque el hombre cortés sube delante y baja detrás, y en ese gesto hay más que buenos modales: hay historia, respeto y, por qué no, un toque romántico que nunca está de más.
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