En 2024 escribí Los cien errores del protocolo y de la organización de eventos como resultado de muchos años de recopilación de información, archivo, observación y estudio de cientos de ceremonias, actos y acontecimientos.
El libro nació también como una herramienta práctica para los profesionales y para los alumnos. Siempre he pensado que, en materia de legislación de protocolo, no basta con aprenderse la normativa como para aprobar una oposición. Es necesario conocerla, manejarla y saber localizarla. Pero, sobre todo, hay que saber aplicarla correctamente en los actos.
Y es precisamente ahí donde se producen la mayoría de los errores.
Por eso, incluso cuando creemos estar seguros de algo, no está de más comprobarlo. Consultar la normativa, revisar una fuente oficial, contrastar una imagen o pedir una segunda opinión no es una señal de inseguridad: es un ejercicio de profesionalidad y de humildad.
La actualidad nos recuerda la importancia de los símbolos
La reciente visita del papa León XIV a España ha dejado numerosos momentos de interés institucional, religioso, social y comunicativo. Un acontecimiento de esta magnitud requiere meses de preparación y coordinación entre distintas administraciones.
Sin embargo, uno de los elementos que más comentarios ha generado ha sido el error relacionado con la bandera del Vaticano.
Es lógico que los medios de comunicación destaquen este tipo de situaciones. Los errores son noticia, especialmente cuando se producen en actos de gran visibilidad pública. Pero también conviene recordar que, detrás de una visita de esta dimensión, ha habido innumerables aciertos, esfuerzos y éxitos organizativos que no suelen ocupar titulares.
Tal vez sea una característica muy humana: nos detenemos en el fallo y apenas prestamos atención a todo aquello que ha funcionado correctamente.
No sé cuál es exactamente la razón, pero sí sé algo importante: de los errores se aprende.
El protocolo no pasa de moda y los errores tampoco
Esta situación vuelve a demostrar que Los cien errores del protocolo y de la organización de eventos no es un libro que haya perdido vigencia. Al contrario. La actualidad confirma una y otra vez que el protocolo necesita profesionales formados, responsables, curiosos y dispuestos a revisar su trabajo.
Los errores relacionados con símbolos oficiales no son anecdóticos. Una bandera no es un simple elemento decorativo. Representa a un Estado. Su diseño, sus colores, su posición, su orden de precedencia y su colocación responden a normas que deben ser respetadas.
No basta con buscar una imagen en internet, descargarla o confiar en que un proveedor tenga siempre el modelo correcto. La fuente debe ser oficial y la revisión debe realizarse antes del acto. La rapidez nunca puede imponerse a la exactitud cuando trabajamos con símbolos institucionales.
Quiero pensar que quienes participaron en la elección o colocación de la bandera errónea revisarán, a partir de ahora, con mayor detenimiento los símbolos oficiales con los que trabajen para evitar que el mismo error vuelva a repetirse.
Humildad, verificación y trabajo en equipo
En protocolo, como en cualquier profesión, nadie está libre de equivocarse.
¿Hablamos de interpretaciones incorrectas del himno de España durante ceremonias de premiación? ¿Hablamos de banderas españolas ondeando boca abajo? ¿Hablamos de precedencias alteradas, con un presidente situado por delante de un jefe de Estado? ¿Hablamos de la cesión de la posición de la bandera de España en nuestro propio territorio?
Podríamos elaborar una larga lista.
Y precisamente esa es una de las razones por las que escribí este libro, para convertir los errores en oportunidades de aprendizaje. No desde la crítica fácil, sino desde la experiencia, el estudio y la voluntad de mejorar.
Quien trabaja en protocolo debe conocer muy bien su materia. Debe saber dónde consultar la norma, cuándo preguntar, qué fuentes son fiables y cómo coordinarse con el resto del equipo. El protocolo es, en gran medida, trabajo en equipo. Cuantas más revisiones adecuadas existan, cuanto mejor se comuniquen producción, ceremonial, comunicación, proveedores e instituciones, menor será la posibilidad de cometer errores.
La revisión compartida no debilita el trabajo profesional, al contrario, lo refuerza.
Reconocer el error también es profesionalidad
Todos nos equivocamos. Lo importante no es pensar que nunca fallaremos, sino ser capaces de reconocer el error, corregirlo, aprender de él y evitar que vuelva a producirse.
La peor respuesta ante un fallo no es el fallo en sí mismo. La peor respuesta es la soberbia, la negación, la búsqueda de un culpable más débil o la falta de voluntad para reparar aquello que se ha hecho mal.
La profesionalidad se demuestra también cuando somos capaces de decir: “Aquí nos hemos equivocado; vamos a comprobarlo, vamos a corregirlo y vamos a mejorar”.
Siempre que se nos dé una segunda oportunidad.
©PortugalBueno2026
Fuente fotografía: Congreso de los Diputados.
