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El protocolo de la servilleta

La evolución protocolaria de la servilleta

La servilleta en el protocolo es uno de los elementos más reveladores del protocolo de mesa, ya que su uso correcto refleja tanto las normas de etiqueta como la evolución de la lencería de mesa a lo largo de la historia. Aunque durante siglos fue un recurso ornamental y jerárquico en los banquetes cortesanos, hoy su función se ha definido con claridad: garantizar la higiene y transmitir una imagen de limpieza, sobriedad y orden en la mesa contemporánea.

En la mesa contemporánea, el uso decorativo de la servilleta está completamente desechado. Hoy solo se coloca una única servilleta por comensal, destinada exclusivamente a su uso real: limpiar la boca y las manos. Cualquier otra función entra en contradicción con su finalidad.

La servilleta debe estar impoluta

Precisamente por ser una pieza de limpieza, la servilleta no puede estar manoseada. Esto conlleva a que cuantos menos pliegues y manipulaciones, mejor.

La servilleta debe doblarse de la forma más sencilla posible, idealmente un simple doblez sobre sí misma, sin nudos, sin figuras, sin formas caprichosas. La piegatura (servilletas de figuras), tan habitual en determinados montajes, no tiene cabida.

La pregunta que inevitablemente surge ante una servilleta convertida en abanico, flor o escultura es clara: ¿Cuántas veces ha sido tocada para lograr el pliegue perfecto?

En protocolo, lo que debe primar no es la originalidad, sino la sensación visual de limpieza, que se transmite a través de la simpleza y la sobriedad. Demasiados pliegues, nudos o formas complejas generan justo el efecto contrario.

Dos servilletas, dos funciones

Este principio no es moderno. Ya en 1584, Giovan Battista Rossetti, en su obra Dello Scalco, advertía:

Y cuando se hacen dobleces para banquetes o tiendas de campaña, ponga bajo el doblez una servilleta para la boca, para mayor limpieza, porque el doblez no es nunca muy limpio.

Es decir, incluso en una época en la que el plegado artístico estaba de moda, se tenía claro que la servilleta destinada a la higiene debía ser llana y sin dobleces. En las mesas cortesanas no se utilizaba una sola servilleta, sino dos:

  • Una servilleta decorativa, profusamente plegada, que cumplía una función simbólica y ornamental.
  • Otra servilleta llana, destinada exclusivamente a la limpieza de boca y manos.

Hoy, en cambio, solo colocamos una única servilleta, y pretender que cumpla simultáneamente una función decorativa y una función higiénica es un error.

Cuando la servilleta sí fue decorativa

Entre los siglos XVI y XVIII, especialmente en los banquetes cortesanos, la servilleta desempeñó un papel muy distinto al actual. En esta época, los manteles y servilletas se utilizaban no solo de forma funcional, sino también ornamental.

Se desarrolló el arte de plegar servilletas, consistente en crear pliegues complejos que daban lugar a auténticas esculturas: montañas, animales o formas simbólicas que decoraban la mesa antes del banquete.

El primer y más conocido tratado sobre este arte fue el del bávaro Mattiah Giegher, y todas las fuentes coinciden en señalar que este tipo de ornamentación se reservaba exclusivamente a mesas principescas y ocasiones excepcionales.

La servilleta como marcador de jerarquía

Además de su valor estético, la servilleta decorativa cumplía una función directamente relacionada con el protocolo: identificar visualmente la jerarquía de los comensales.

Las mejores piezas ornamentales se colocaban junto a los invitados de mayor rango y servían para marcar la presidencia de la mesa. La colocación, el tipo de pliegue y la calidad del tejido funcionaban como un lenguaje visual que permitía reconocer, a simple vista, los puestos de honor.

Tal y como explica Harsdörffer, este principio podía aplicarse a todo el servicio de mesa: el uso de las mejores piezas como marcadores visuales de la prevalencia jerárquica, permitiendo localizar inmediatamente a las personas de mayor rango.

Y aquí es donde la servilleta conecta de lleno con el protocolo: dar a cada uno el lugar que le corresponde y comunicarlo visualmente al resto de los comensales.

En pleno siglo XXI, la servilleta ha culminado su evolución protocolaria alejándose de su carácter decorativo y jerárquico para centrarse, casi exclusivamente, en su finalidad práctica e higiénica. Aquella pieza que durante siglos sirvió para marcar rangos, señalar presidencias y comunicar visualmente la jerarquía de los comensales, hoy se presenta de forma sobria, sencilla y funcional, acorde con los principios contemporáneos de limpieza y claridad en la mesa.

No obstante, esta transformación no implica la desaparición total de su dimensión simbólica y ornamental. Su uso decorativo pervive de manera excepcional en determinados contextos solemnes, como los banquetes reales.

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