Regular el significado de las palabras es una forma de controlar la conversación pública. Si el poder decide qué puede decirse, los periodistas y comunicadores dejan de informar libremente para convertirse en transmisores de un discurso único.
El Pleno del Congreso ha aprobado una proposición no de ley para regular el uso de la palabra «cáncer». La iniciativa, promovida por el Grupo Socialista, ha salido adelante.
Según su exposición de motivos, la proposición sostiene que no es aceptable emplear la palabra cáncer como metáfora de lo peor, de lo que corrompe o de lo que destruye, porque el cáncer no es eso, aunque así lo recoja una de las acepciones de la Real Academia Española (RAE). Por ello, se propone promover un lenguaje empático y erradicar el uso de la palabra cáncer para «insultar o desprestigiar al adversario político», declaró la diputada socialista en el hemiciclo, quién solicitó, para ello, la colaboración de los medios de comunicación, las instituciones educativas y culturales.
Esta medida ha provocado la reacción del académico de número de la RAE, Arturo Pérez-Reverte, en sus redes sociales:
Por una vez (sin que sirva de precedente, y me disculpo de antemano por ello), permítanme ser grosero: Me va a regular el uso de las palabras su puta madre.
Más allá del exabrupto, este post refleja un malestar creciente sobre la intromisión del poder político en el terreno del lenguaje, una forma de corrección moral y semántica que recuerda peligrosamente a otras épocas menos libres.
El derecho a la palabra
El derecho y la libertad de cada persona para decir y escribir lo que quiera son pilares esenciales de toda sociedad democrática. El uso de la palabra, junto con su significado, pertenece al ciudadano libre, y nadie, por muy noble que crea ser su causa, puede ni debe limitarlo. La persona es dueña, y también responsable, de sus palabras y de sus silencios.
La regulación del uso de las palabras ha sido siempre una herramienta de control político e ideológico. Determinar cómo decir algo (recordemos el uso partidista de la eliminación del masculino genérico) o qué significados deben evitarse supone imponer una visión única del mundo. El uso responsable y empático del lenguaje debe surgir del individuo, de su educación y sensibilidad, no de una imposición del Estado.
Si alguien se siente herido por las palabras de otro, existen vías legítimas para expresarlo o reprochárselo, desde el diálogo hasta los tribunales. Sin embargo, nunca debe el poder decidir qué palabras son aceptables y cuáles no.
Del franquismo al presente: la palabra bajo sospecha
Durante la dictadura franquista, el control del lenguaje fue uno de los instrumentos más eficaces de dominación. La censura decidía qué podía publicarse, cómo debía decirse y qué términos quedaban prohibidos. La palabra del poder, la «palabra de Franco», era la única con legitimidad pública; toda disidencia debía expresarse en susurros o metáforas.
Hoy, en un contexto de plena democracia, vuelven a surgir discursos políticos que buscan moldear el lenguaje con la excusa de la empatía, la igualdad o la sensibilidad social. Se eliminan términos, se reescriben significados y se dictan usos «correctos» desde las instituciones. Y lo más inquietante, lo aceptamos con naturalidad.
La ciudadanía no puede permitir que el Estado vuelva a ser árbitro de las palabras. Ni siquiera con la intención de proteger, educar o moralizar. Las palabras son del pueblo, no del poder.
La defensa de la palabra libre
Los medios de comunicación, los periodistas y las instituciones educativas y culturales tienen la responsabilidad de defender la independencia del lenguaje y resistir cualquier intento de manipularlo o restringirlo.
Porque cuando el poder decide qué palabras pueden usarse, ya no estamos ante un debate lingüístico, sino ante uno ideológico y, en definitiva, ante un problema de libertad.
La historia ya nos enseñó, en los tiempos del franquismo, que controlar el significado de las palabras es la antesala de controlar el pensamiento. Hoy, en nombre de la empatía, corremos el riesgo de repetir ese error.
El periodismo libre es la primera línea de defensa frente a cualquier intento de manipular el lenguaje. La palabra, en su sentido más amplio, es el instrumento del periodista y el patrimonio del ciudadano. Cuando el poder la condiciona, no solo se empobrece el idioma, se empobrece la democracia. La comunicación solo es libre cuando lo son también las palabras que la sostienen.
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Fotografía: Flickr, EFE/Manuel H. de León.
