Ser Comunicación

El lenguaje en el periodismo

Ética del lenguaje periodístico

La ética del lenguaje periodístico exige que quienes informan utilicen las palabras con claridad, precisión y respeto. El lenguaje es la principal herramienta de trabajo del periodista y cuidarlo no es una cuestión de gustos ni una preocupación anticuada, sino parte de su responsabilidad profesional ante la sociedad.

En la Universidad de Navarra me enseñaron que los periodistas desempeñan una función esencial en la protección del derecho a la información. Concretamente, el artículo 20 de nuestra Constitución reconoce el derecho fundamental de cualquier persona a comunicar y recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. Para hacer efectivo ese derecho no basta con transmitir datos, también es necesario hacerlo con rigor, claridad y respeto hacia la audiencia. El periodista es el garante de este derecho.

Además, en la facultad también aprendí que el periodista tiene el deber de hablar y escribir correctamente. No solo por respeto a sí mismo y a su profesión, sino porque, consciente o inconscientemente, se convierte en un referente para sus lectores, oyentes y espectadores.

Por eso me entristece comprobar el descuido que existe actualmente en el uso del lenguaje periodístico.

«La ciudadanía está cabreada»

Hace unos días, mientras veía las noticias en televisión, escuché a un reportero afirmar que «la ciudadanía está cabreada».

No estaba reproduciendo las palabras de una persona entrevistada, no era una tertulia informal. Era la narración del periodista dentro de un espacio informativo.

Y me molestó.

¿De verdad no existía una palabra más apropiada? El periodista podría haber dicho que la ciudadanía estaba enfadada, molesta, indignada, irritada, contrariada o harta.

Aunque actualmente este término se considere coloquial en determinados contextos, para muchas personas continúa siendo una expresión malsonante.

Y aunque una palabra se haya normalizado socialmente no significa que resulte adecuada para cualquier situación comunicativa. Cuando existen alternativas claras, precisas y respetuosas, el periodista debería escoger la que mejor se adapte al registro informativo.

No se trata de mojigatería. Se trata de profesionalidad.

El lenguaje sencillo no es lenguaje descuidado

En el ámbito familiar o social, cada persona puede utilizar los términos coloquiales que considere oportunos. Sin embargo, cuando un periodista se coloca delante de una cámara, abre un micrófono o firma una noticia, ya no se encuentra en una conversación privada.

Está ejerciendo una profesión con una importante capacidad de influencia.

Esto no significa que el lenguaje periodístico deba ser distante, rebuscado o incomprensible. Al contrario, la información debe expresarse de forma sencilla, natural y accesible. Y utilizar este lenguaje no significa hablar como si estuviéramos en un bar con nuestros amigos viendo la final del Mundial.

Tuve un profesor que afirmaba que, para conseguir que te entiendan tanto el arquitecto como el albañil, debes utilizar un lenguaje comprensible para ambos. Debes hablar para que te entienda el albañil, porque si no lo haces, solo te comprenderá el arquitecto.

En definitiva, nos encontramos frente a la ética en el lenguaje periodístico. Esto es una defensa de la claridad y es una de las grandes dificultades del periodismo: hacer comprensible lo complejo sin empobrecer el lenguaje.

La cercanía no justifica el uso de expresiones malsonantes

Algunos profesionales consideran que el uso de términos coloquiales en las noticias ayuda a acercar la información a un público más amplio, generar empatía y hacer que los temas complejos resulten más accesibles.

Sin embargo, la prioridad del periodista informativo no debe ser provocar empatía. Su misión principal es informar. Informar con claridad, rigor y respeto, es decir, ética en el lenguaje.

Para llegar a un público amplio no es necesario recurrir a palabrotas disfrazadas de expresiones coloquiales. Tampoco hace falta simular una conversación entre amigos para resultar cercano.

La cercanía se consigue explicando bien los hechos, evitando tecnicismos innecesarios y utilizando un lenguaje que pueda ser comprendido por la mayoría.

Un periodista no debe buscar la palabra más llamativa o popular, sino la palabra más adecuada.

Los periodistas son referentes lingüísticos

Las palabras que escuchamos de manera habitual terminan formando parte de nuestra normalidad.

Pensemos en un niño que crece en una familia en la que se utilizan constantemente expresiones malsonantes. Es probable que las repita desde una edad temprana porque las ha interiorizado como una forma natural de comunicación.

Sus padres son sus primeros referentes. Si ellos hablan así, el niño entenderá que esa es la manera normal de expresarse.

Algo parecido ocurre con los medios de comunicación.

Los periodistas, especialmente quienes aparecen diariamente en la radio y la televisión, son referentes lingüísticos. Sus palabras se escuchan, se repiten y poco a poco se incorporan al vocabulario de la audiencia.

Por eso no podemos actuar como si nuestra manera de hablar careciera de consecuencias.

No defiendo un lenguaje artificial ni alejado de la realidad. Tampoco propongo modificar las palabras de una persona entrevistada. Cuando una declaración resulta relevante, el periodista la reproduce fielmente, aunque contenga expresiones coloquiales o malsonantes.

La diferencia se encuentra en el lenguaje elegido por el profesional para redactar y narrar la información.

Una cosa es reflejar lo que alguien ha dicho y otra muy distinta adoptar voluntariamente ese vocabulario como parte del relato periodístico.

El rigor lingüístico forma parte de la ética periodística

En mi facultad nos enseñaron que la responsabilidad moral de hablar y escribir correctamente constituye uno de los pilares éticos del periodista. Se trata de la ética del lenguaje periodístico.

El rigor lingüístico no es una cuestión meramente estética ni una obsesión gramatical. Está relacionado con:

  • La veracidad, porque una palabra imprecisa puede modificar el sentido de los hechos.
  • El respeto, porque la audiencia merece recibir una información cuidada.
  • El bien común, porque los medios influyen en la forma en la que una sociedad se comunica y comprende la realidad.

Ya abordé esta cuestión en mi artículo El periodista tiene el deber de hablar correctamente, en donde se  explica que la herramienta de trabajo del periodista es el lenguaje y por eso tiene la obligación de cuidarlo, enriquecerlo y utilizarlo con precisión.

No basta con tener datos correctos. También hay que saber seleccionarlos, ordenarlos, contextualizarlos y expresarlos con las palabras adecuadas.

¿Por qué no incluir este asunto en los códigos deontológicos?

Los códigos y recomendaciones deontológicas del periodismo prestan una atención especial al lenguaje empleado al informar sobre el suicidio, la discapacidad, la violencia, determinados colectivos sociales o la crisis climática.

Y es correcto que así sea.

Las palabras pueden estigmatizar, trivializar un problema, provocar daño o inducir a interpretaciones equivocadas.

¿Por qué no aplicar ese mismo cuidado al uso de expresiones malsonantes dentro de los espacios puramente informativos?

No me refiero a las columnas de opinión ni a las tertulias, en las que pueden utilizarse otros registros. Hablo, por ejemplo, de telediarios o boletines radiofónicos.

En estos espacios debería mantenerse una clara diferencia entre la conversación informal y la narración profesional.

Hablar correctamente no es estar anticuado

Y no, no me llames anticuada.

No me llames mojigata.

No me trates como si fuera una persona extraña, fuera de lugar o perteneciente a otra época.

Hablar correctamente debería ser la aspiración de cualquier persona. Para un periodista, además, no tendría que ser solamente una aspiración, sino una realidad profesional. Un periodista debe aplicar la ética en el lenguaje periodístico.

Nos hemos relajado demasiado en las formas. En ocasiones olvidamos dónde estamos, qué profesión ejercemos y qué consecuencias puede tener nuestra forma de comunicar.

Nos escudamos en la cercanía, la naturalidad o el lenguaje coloquial para justificar una pobreza expresiva que muchas veces responde simplemente a la falta de cuidado.

Es mucho más difícil escribir y hablar correctamente que hacer lo contrario.

Elegir la palabra exacta exige conocimiento, lectura, reflexión y esfuerzo. Obliga a distinguir matices y a preguntarse qué término describe mejor lo ocurrido.

Y esta dificultad también puede servirnos para valorar la calidad del periodismo informativo de nuestro entorno.

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