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La seguridad no es cuestión de imagen

La imagen de personajes públicos ataviados con casco blanco durante el acto protocolario de la colocación de una primera piedra me ha llamado siempre la atención. Sobre todo porque, generalmente, el escenario en el cual se desarrolla dicho acto no reviste ningún peligro para la seguridad de los presentes. Es necesario recordar que el casco protector es un equipo de protección individual.
Considero que si se realiza un uso inadecuado del casco de seguridad, puede convertirse en un cliché, ya que su utilización injustificada puede derivar a que su imagen y significado verdadero pierda valor. Las medidas de seguridad en el mundo de la construcción, y de cualquier profesión, no se pueden convertir en la fotografía simpática que ofrecen los políticos para su publicación o difusión en cualquier medio de comunicación. Para el Presidente de la Asociación de Arquitectos de Seguridad y Salud de la Comunidad Valenciana, Antonio Carrascosa, que los dirigentes políticos se pongan un casco blanco “es imagen de acercamiento al trabajador”.
La razón de ser de la colocación de una primera piedra es dar notoriedad a la iniciativa de construcción de un edificio, por ejemplo, por parte de una institución. Generalmente “te encuentras con un solar medio levantado, con casetas de obra, mucho barro y máquinas por todas partes”, recoge Carlos Fuente en su “Manual práctico para la organización de eventos”, en el cual sigue explicando que “se ha de invertir en acciones para convertir la zona en practicable y albergar allí a las autoridades e invitados en unas mínimas condiciones”, entre ellas las que se refieren a la seguridad.
Antonio Carrascosa opina que cuando los participantes en este evento están fuera de la obra, y no haya ningún elemento en suspensión que pueda repercutir en la cabeza de los presentes, “está fuera de onda que se pongan el casco”, y que su uso en dichas circunstancias es más cuestión de imagen, convirtiendo en prenda de uso cotidiano el citado equipo de protección individual, para el cual existen normas específicas de uso y protección. Entre ellas se encuentra el Real Decreto 773/97 sobre disposiciones mínimas de seguridad y salud relativas a la utilización por los trabajadores de equipos de protección individua. Esta normativa establece en el Anexo III que los cascos protectores se deberán utilizar en: “Obras de construcción y, especialmente, actividades en, debajo o cerca de andamios y puestos de trabajo situados en altura, obras de encofrado y desencofrado, montaje e instalación, colocación de andamios y demolición”, entre otras situaciones.
La sociedad está muy sensibilizada con la seguridad en los puestos de trabajo, por lo que en los últimos años ha crecido “una mayor demanda en la sociedad del valor de seguridad y de la búsqueda de empleo de calidad, en su acepción más amplia”, tal y como se recoge en la introducción del “Análisis cualitativo de la mortalidad por accidente de trabajo en España”, publicado por el Ministerio de Trabajo e Inmigración y por el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el trabajo. A esta inquietud hay que sumar que el sector de actividad con mayor índice de siniestralidad es la construcción, tal y como publica el “Informe sobre el estado de la Seguridad y Salud Laboral en España 2008”. Esta publicación concluye que aunque la reducción de la siniestralidad es positiva, “esta mejora no debería servir de argumento para reducir la intensidad de las actuaciones para mejorar la calidad y la cantidad de las acciones preventivas de todo orden, sino un acicate para intensificarlas”.
Ignacio Martínez Suárez afirma en su libro “El protocolo en la administración local” que los ayuntamientos se sirven de la organización de actos para comunicarse con la ciudadanía, y que por eso “su puesta en escena deberá ser lo más exigente posible”. Las personas que nos dedicamos al protocolo, y que le otorgamos un valor especial, debemos ser muy cuidadosos para que toda acción y decisión enmarcada dentro de un evento tenga su justificación y significado.

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