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Aleluya, ¡qué palabra tan bonita!

El 25 de diciembre los cristianos celebramos la solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, es una fecha de gran alegría para los creyentes.

En la Iglesia una de las palabras que más se utiliza como demostración de júbilo es «Aleluya» que es una exclamación de alabanza. «Aleluya» proviene del hebreo hallelu yah y del latín halleluia, y significa «alabad a Dios».

Etimológicamente, aleluya está compuesta por una forma verbal de aclamación divina, allelu, y por el pronombre divino, la. Esta expresión se traducía como «Gloria a Él que es».

La palabra aleluya está presente en la Biblia, concretamente en el Antiguo Testamento en los Salmos: «¡Aleluya! Alaben, servidores del Señor, alaben el nombre del Señor», Salmos 113,1.

La aparición de esta palabra en el Antiguo Testamento y en hebreo antiguo nos conduce a asentir que esta expresión se usaba para mostrar júbilo en torno a Dios y, además, que ya formaba parte de la liturgia para expresar alegría, triunfo o para dar gracias.

En líneas generales, en el rito latino romano, la palabra aleluya está presente en la liturgia desde Pascua hasta Pentecostés, aunque hay algunas excepciones como en las misas y oficios por los difuntos o en ceremonias penitenciales.

La aclamación aleluya, considerada el término de alabanza más antiguo, se encuentra en casi todos los idiomas y esto es debido, en su mayor parte, porque es un canto de alegría. Y, para mí, es una de las palabras más bonitas que existen: se siente emoción al pronunciarla y al escucharla.

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